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por: autor palabra
Sábado 28 de Noviembre de 2020

Los ojos de la biblioteca

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 23/07/2020
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Los veranos de mi infancia transcurrían en la casa de mis abuelos en una pequeña ciudad de Córdoba. La fisonomía del pueblo era similar a la de cualquier otro, lo atravesaban anchas calles formando una cuadrícula perfecta que contenía en su interior casa bajas de coloridos y cuidados jardines. Las que en su mayoría, atesoraban voluptuosos frutales en sus bellos patios.
Al llegar al centro se podía ver como se erguían los edificios públicos, el Banco Nación, Municipalidad, Policía y por supuesto la Iglesia. Todos rodeaban la pequeña y pulcra plaza dónde se realizaban fiestas y otros eventos importantes.
Los días de verano se repartían en interminables partidos de fútbol y a la siesta todos iban a la pileta del club. Por las noches lo usual era ir a la heladería del centro y dar una vuelta hasta que se hiciera la hora de dormir.
Esta era la rutina habitual, pero el verano tenía un terrible enemigo en “El día de lluvia”. En un instante las nubes se apoderaban del cielo, y las gotas caían impiadosas sobre la pelota que yacía indefensa en un rincón del patio. Al mismo tiempo se cerraban las puertas de la pileta y un gran interrogante asaltaba la mente de los chicos y chicas del pueblo.
Una de las estrategias que solían usar para combatir el terrible flagelo de la lluvia, era atrincherarse a jugar al “TEG” o al “Estanciero” por nombrar alguno de los tantos juegos de mesa de aquella época. En mi caso, le hacía frente leyendo el arsenal de historietas que guardaba celosamente en la casa de mis abuelos. Nunca me puse a contarlas pero seguramente superaban las cien. Mi preferida era Nippur de Lagash pero también había ejemplares de “El Tony”,”D’artagnan”, “Fantasía”, “Intervalo” y otras. Si bien eran muchas había leído la mayoría y algunas dos o hasta tres veces, Mi economía de niño no me permitía comprar nuevas, por lo que tuve que buscar alternativas. En eso estaba, cuando pasó mi abuela y me vio desanimado en frente de las revistas, al pasar me dijo que en la biblioteca del pueblo podías cambiar las tuyas por otras usadas.
Sin muchas expectativas, pero con menos opciones decidí, ir al centro y ver con que me encontraba. La biblioteca estaba justo en frente de la Municipalidad, era una casa de alto con las paredes blanquísimas y ventas muy finas adornadas con rejas que parecían enredaderas de hierro. La puerta, a mis ojos de niño, Era realmente altísima; de madera oscura con delicados relieves. Al entrar me quedé hipnotizado por como brillaban los mosaicos del piso finamente decorados con arabescos mezclando el rojo bermellón y un amarillo azufre. Había tres mesas muy anchas con sillas que parecían bastantes cómodas. Al final de la sala había una pared repleta de ficheros y un escritorio en el cual encontré una mujer de avanzada edad, pero de una belleza tan increíble que seguramente podía hacer retroceder al malvado “Día de lluvia”.
Sus cabellos grises estaban prolijamente recogidos, detrás de unos pequeños lentes encontré unos ojos verdes tan hermosos e intensos, que estaba seguro de que al mirarlos por un rato podías ver el mapa de Irlanda en su interior. A quien intento describir (seguramente sin mucha suerte, pero con mucho esfuerzo) era la Señora O’Connor , directora y única empleada de la “Biblioteca Popular Juventud Unida de la ciudad de Oliva”. Según contaba mi abuela, era de origen Irlandés y había enviudado muy joven sin tener hijos.
Me acerqué tímidamente, salude respetuosamente y me presente. La señora O’connor respondió a mi saludo y al ver mis revistas en la mano, me miró por encima de sus lentes y con una suave pero firme mirada me señalo una caja repleta de historietas. Me dirigí hacia la caja, pero en el camino mis ojos se quedaron fijos en los estantes que cubrían las paredes. Todos estaban repletos de libros de diferentes tamaños y colores, sus lomos parecían dibujar pianos multicolores en cada piso de aquellas repisas. Como un hipnotizado me acerqué y pude ver que todos los vineles estaban perfectamente rotulados: “filosofía”, “Policial y Misterio”, “Novelistas europeos”. “Técnicos”, “Clásicos” y más. Por alguna razón me detuve en “Clásicos” y saqué una edición muy hermosa encuadernada con hilo de “Moby Dick”. Me lo lleve a una de las mesas y cuando lo abrí, el olor a tinta y a papel me invadieron por completo. Ese olor único, como el del mar al amanecer, se metió por mi nariz y se quedó para siempre en mi mente. Desde aquel día iba a la biblioteca a buscar nuevos ejemplares, todo el verano lo repartí entre los laberintos de Borges; la ternura mágica de Cortázar; el gris de Dostoievski; la poesía visceral de Pizarnik y los maravillosamente oscuros cuentos de Poe. Entre muchos otros.
Ese verano, como todos, llego a su fin. Pero la diferencia era que los libros habían triunfado sobre la poderosa alianza “pelota – Pileta –Sol” y el resultado era haber empezado una relación interminable con la lectura que seguiría para toda mi vida. Los años me permitieron conocer otras bibliotecas como la de Buenos Aires, Oxford, Madrid, Paris, y otras. A pesar de sus diferencias, en todas sentí el mismo perfume que en la pequeña biblioteca de Oliva, aquél aroma único como el de la lluvia de la mañana en lo profundo de las sierras.
Los años han pasado y se han llevado mis veranos, mis cabellos y otras cosas que suelen llevarse los años. Pero en ese camino también conocí lugares, amores, personas y tuve a mis hijos. Que son la razón por la cual escribo estas torpes páginas intentando no perder estos recuerdos, dejándoles como única herencia mis viejos libros que fui encontrando durante toda mi vida. Y lo más importante, recordarles que siempre habrá bibliotecas repletas de libros esperando a cada niño y niña para ofrecerles un mundo de aventuras y conocimientos sin límites. Todo un universo, al alcance de sus manos.
Estimado lector, no quiero despedirme sin contarle que hace unos años regresé a la vieja biblioteca de Oliva. Como seguramente se imaginara la bella señora O’connor ya no estaba detrás del escritorio de la vieja biblioteca. Pero por suerte, alguien tuvo el decoro de colgar una fotografía de aquella mujer de ojos verdes intensos como esmeraldas. Después de tantos años, estoy completamente seguro que si los mira fijamente puede ver el mapa de Irlanda en su interior.


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