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Miércoles 20 de Marzo de 2019

La sirena silenciosa *

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Categoría: Cuentos | Fecha: 15/03/2019
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(* Cuento Ganador del VI Premio Nacional de Cuentos Cortos Rafael Heliodoro Valle, Honduras)

“Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto:
su silencio.”
Franz Kafka

Una sirena fue capturada viva. Los diarios de todo el mundo, Washington Post incluido, cubren tal suceso. La sirena es bella. Tiene un cabello oscuro, azul oscuro casi negro. Tiene una boca carnosa. Tiene unos grandes ojos expresivos que denotan lo mismo voluptuosidad que inocencia. Tiene una cintura estrecha como un reloj de arena. La sirena tiene todo lo que se espera de una sirena.

Posee una cola similar a la de un atún, es una cola platinada de escamas que salpican el aire con leves destellos, similares a las estrellas que titilan en el firmamento. La sirena huele a miel y canela.

Quienes la capturaron, dos pescadores, narran con cierto orgullo, pero al mismo tiempo con gran temor, como cuando echaron sus redes al mar sintieron que un gran pez luchaba por salvarse, tiraron fuertemente de la red, y sacaron lo que creyeron primero era un atún, pero luego al pescado le encontraron forma de mujer. Ellos creyeron que era un demonio, y lo llevaron a la orilla. Atrapada en la red, la sirena, buscaron al cura para que dijera que hacer con esa criatura. El curo lloró de dicha.

No la consideró una afrenta al dogma cristiano, ni siquiera una prueba darwiniana, para él esa sirena era una más de aquellas criatura que por medio de su gracia y belleza Dios había salvado del diluvio, y claro luego la presentó al mundo prisionera y hermosa.

La sirena posee todos los elementos de las sirenas, es bella, es joven, tiene ojos seductores y tiernos, está desnuda de la cintura para arriba, tiene una tornasolada y metálica cola de pez; sin embargo la sirena carece de algo: no tiene voz.

En los textos antiguos mucho se hablaba del canto de las sirenas, pero ésta ni cantaba, ni hablaba, ni mascullaba. Permanecía muda cuando era señalada con los dedos, aplaudida, fotografiada, admirada por el público. Ella a pesar de eso estaba muda.

De Estados Unidos mandaron a llamar a un sirenologo –aparentemente en ese país existe toda profesión imaginable- quien dijo que la sirena no cantaba porque estaba triste, que lo mejor era animarla con música, así que empezaron a llevar músicos: primero fue un flautista, luego alguien tocó un arpa o una lira, un violín, una guitarra, una zampoña, y toda clase de instrumento clásico. Llevaron un piano y un ominoso órgano, pero nada hizo cantar a la sirena.

A pesar de su silencio, ella parecía saludable. Comía lo que le daban, pequeñas sardinas y algas. Nadaba juguetona en las primeras horas de la mañana y mitad de la tarde. Se acercaba a los niños que iban a verla. La sirena estaba bien, no sufría.

Un joven se había enamorado de la sirena, y casi a diario iba a verla. Era tanto su amor que consiguió trabajar en el acuario donde era exhibida. Llegaba muy temprano y se iba muy tarde, pasaba todo el día viéndola. Cada vez que podía se paraba frente al estanque y la miraba por horas, y ella lo miraba –ella se había enamorado también-; ambos se miraban en silencio.

El joven se volvió sumamente callado. Algunos creyeron que por algún problema familiar. Lo cierto es que el joven había empezado a comprender el silencioso idioma de su enamorada. Se entendían por el mar de palabras que se despeñaban de sus ojos.

Una noche, el joven pidió oír su voz. Ella locamente enamorada por el joven al fin rompió su silencio y le cantó la canción más bella jamás oída. El muchacho cayó fulminado como por un rayo, con una sonrisa en su rostro. Los médicos dijeron que había sido un infarto; la sirena creyó que había su canto; el joven, posiblemente murió de felicidad.




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