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por: autor palabra
Jueves 18 de Agosto de 2022

En el bunker

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Categoría: Cuentos | Fecha: 23/11/2014
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Berlín era una fiesta, pero de esas que ya están acabando y en el bunker del Führer, el Führer está encerrado contemplando lo estéril de las paredes con una copa de vino francés que le sabe tan amargo como el aloe vera. Frente a él está Eva Braun, desnuda y rubia, recostada en un sillón con actitud hierática. El Führer se peina un poco y se vuelve a despeinar, en sus hombros yacen las glorias de Argelia, y las batallas de Stalingrado y Normandía, pesaban sobre él la noche de los cristales rotos, sus mítines, sus años de prisión, sus escritos, la vida, pena y muerte de millones de judíos, gitanos, negros y homosexuales.

Eva Braun recostada veía a su Führer, quién también la miraba, pero no veía sus rubios cabellos, ni sus senos desnudos, ni su suave ombligo, ni sus caderas; para él la bella Eva era precisamente su nombre, era la Eva de Adán, el inicio de todo, pero también el final, no porque ella hubiera provocado las malas decisiones como meterse con Stalin y no haber sido tan contundente en Grecia y el norte de África, para él Eva Braun eran las glorias y las derrotas, eran el dolor y la felicidad, eran las fiestas en Múnich, Dresde, Bonn y Berlín, era su ascenso al poder, eran las trincheras en la Gran Guerra (que se quedaba chica en comparación a la actual), el gas mostaza, los barrotes y la mierda de una cárcel, el acaparamiento de los judíos, las manzanas de carretilla de marcos, los jóvenes rubios muriendo de hambre, los niños rubios ahogados en soledad en Austria y Núremberg, las reminiscencias de una vieja raza superior, Wagner y Nietzsche.

Una bomba cayó en alguna parte de la ciudad estremeciendo el bunker. Eva perdió su actitud de Galatea y se arropó con una bata japonesa, regalo de aquellos salvajes que escribían haikus, se estrellaban contra barcos y se rajaban la panza cuando fallaban una misión. El Führer no se inmutó ante el ruido, todo lo contrario le atrajo la atención verse reflejado en una superficie bruñida de las paredes de metal, porque de repente se vio terriblemente parecido a Charles Chaplin, y por un instante pensó en sí mismo como una burla del hombre que fue. Luego se puso un dudo sobre el labio superior tapando su bigote y sonrió al verse mágicamente afeitado.

Estaba envejecido y cansado. Eva Braun hablaba sobre un verano en Baviera, o pasear por Paris. El Führer no le prestaba atención porque pensaba en un poema de un tal Ezra Pound, o en el pobre Mussolini colgado como Pinocho, como un vil farsante, ante un pueblo que antes lo adoraba y de repente comenzó a odiarlo, al igual que las mujeres francesas e italianas que copularon con alemanes y fueron desmelenadas y vituperadas conforme los aliados iban devorando al Tercer Reich.

El Führer se imaginaba sin bigote, sin guerra, sin problemas, pero no se imaginaba sin Eva Braun, quién le seguía hablando de Marsella y Madrid, que Franco esto, y que Stalin era un bruto sin modales. Entonces varios generales entraron a su recamara e informaron como lo hacían cada hora de las novedades del campo de batalla, noticias que en los últimos días se limitaban a consignar posiciones perdidas, en que la ciudad de tal había sido ganada por los rusos o los americanos, en que el general tal o el coronel aquél habían sido capturados, y el Führer reventaba en cólera, los mandaba al diablo, los llamaba incompetentes, hacía alusión al método japonés de remediar las fallas, seppuku para todos sus generales, para sus coroneles, sus mayores y sus capitanes. Ellos mansos abandonaban la habitación y volvía a dejar solos al Führer y a Eva Braun que estaba triste, tronchada como una flor en un jarrón cuya agua no ha sido cambiada.

El Führer pide a Eva que se desnude y asuma la postura grave que tenía hace ratos, mientras él toma el lápiz y el papel y renueva su tarea de dibujarla. El raspar del grafito contra la celulosa del papel le genera un goce infinito, y en medio del caos de las bombas y el ruido de botas en los corredores del bunker, el Führer aprieta fuerte el lápiz, la punta se rompe, toma una navaja para afilarlo nuevamente; Eva lo ve con ojos de enamorada, el Führer la ve, y piensa que de toda esa gran cagada que es la guerra, lo único que importa fue aquel día de 1928 en que conoció a una jovencita de diecisiete años llamada Eva Braun en el estudio de Heinrich Hoffman, luego renegó de todo, de su afiliación al partido Nacionalsocialista, de sus discursos feroces y elocuentes, de el Putsch de Múnich, la noche de los chuchillos largos y la de los cristales rotos, de la genialidad Blietzkrieg, de la capitulación de Francia y el servilismo de De Vichy, la conquista de África, del miedo de los ingleses, de una niña holandesa que murió en un campo de concentración, del jerez de Franco y las uvas de Mussolini, de su foto para la revista TIME en 1938.

Allí, entre el ruido y la furia de las calles de Berlín, aborreció todo, odió al mundo, deshizo al mundo, y cuando estaba seguro de que sólo existían Eva y él en esa recamara del bunker; solamente cuando el Führer se deshizo del universo, y de su cargo, y del peso de ser quién era, y cuando pudo oír de los labios de Eva la palabra “Adolf”, solo en ese instante soltó el lápiz y se abalanzó sobre su amada, y lloró como lloran las niños, como lloraron los niños gitanos y judíos en Auschwitz, o como llorarían los hijos de los alemanes ejecutados tras los juicios de Núremberg. En el suelo estaba el inicio de un boceto de Eva Braun desnuda, y un lápiz con la punta rota, y el hombre más fuerte del mundo lloraba en el regazo de una rubia desnuda, quién al verlo así comprendía que la idea de la guerra nunca fue suya, que la idea del exterminio judío no estaba en sus planes, que conquistar el mundo no era la meta de vida de su Adolf, y que todo ese infierno se hubiera evitado si aquellos maestros de la Escuela de Bellas Artes de Viena hubieran sido más indulgentes con ese joven que solo querían ser pintor y tenía todas sus esperanzas puestas en el arte.

Mientras tanto, el Führer recordaba esa tarde de 1907 en que le rompieron su ilusión de ser un gran artista, y aquella mañana de 1928 en conoció a la bella Eva, y de repente el estruendo de una bomba lo regresó al día en que todo estaba perdido, en que millones de alma lo reclamaban, en que la tierra marchita de Europa abría sus fauces para devorarlo, y en medio de su desesperación apenas y sintió el peso de la pistola que la desnuda y rubia y bella Eva Braun colocaba en su mano, y con la cual, como una valquiria, invitaba al paraíso de los guerreros.


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