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Jueves 18 de Agosto de 2022

Partida de ajedrez

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Categoría: Cuentos | Fecha: 03/08/2013
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También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

JORGE LUIS BORGES


Dos reyes decidieron que no irían a la guerra a conquistarse mutuamente. No iban a sacrificar ni un solo de sus hombres. Ambos acordaron decidir sus destinos en un juego de ajedrez. Pactaron para el duelo el inicio del año siguiente, así tendrían tiempo de planificar sus estrategias.
Cuando el nuevo año se acercó se arremolinaron de todas partes de los dos reinos los más sabios, los más doctos, maestros de ajedrez, historiadores que conocían incluso las reglas del chaturanga indio, estrategas militares, filósofos, las aristocracias de ambas dinastías convergieron en aquel estadio que había sido edificado a prorrata para dicho evento.

Embajadores de Europa y la salvaje América llegaron para ver como esos dos reyes, nuevos herederos de viejas costumbres, solucionaban un conflicto que databa de siglos de la manera más civilizada posible. El embajador de Gran Bretaña se deshizo de su desdén porque ellos, allá en la isla, jamás hubieran imaginado resolver una guerra en una mesa con treinta y dos piezas.

Las noches previas se llenaron de espanto, ambos reyes, el negro y el blanco (habían asumido sus respectivos colores hacía muchos días), en sus tiendas suntuosas se acariciaban las barbas pensando en la aciaga posibilidad de ser vencidos en cuatro en jugadas.

Un ejército de bardos y un batallón de escribas estaban ya listos a no dejar que nada de esa partida de ajedrez trascendental pasara por alto. Todo sería para la posteridad, toda la gloria vencería al tiempo.
A lo largo y ancho del orbe los comentaristas y expertos en la materia analizaban el evento desde el punto de vista histórico, hablaban de las implicaciones políticas, debatían sobre la formación espiritual y filosófica de esos líderes tan humanistas y progresistas, y muchos hablaban sobre las posibles jugadas con las que se desenvolvería el partido.

El último día del año, los reyes celebraron consejo, se sentaron a debatir estrategias, hicieron plegarias a sus dioses, que coincidentemente era el mismo Dios para ambos, y durmieron hasta antes que saliera el sol.
Con los primeros rayos del día sonaron las trompetas de metales bruñidos y los tambores de cuero de carnero, bailarinas, músicos, poetas y toda clase de artistas animaban a la multitud que esperaban el ansiado encuentro.

Los dos reyes aparecieron, cada uno por su lado con sus largas escoltas, iban ataviados como para un combate cuerpo a cuerpo. Sus coronas brillaban como estrellas bajo el sol tropical. El mundo entero cayó como por un embudo a esa mesa de mármol y ébano, donde se había tallado el tablero sobre el cual las treinta y dos piezas de ónice y de marfil esperaban ansiosas por ser tocadas.

Ambos guerreros, despojados ya de su real condición, se sentaron en las sillas confortables que habían sido confeccionadas para la ocasión, sobre ellos había una carpa de tafetán para que el sol no los quemara, y varios siervos mecían sin cesar unos abanicos.

Desde el alminar el almuédano iniciaba con un canto aquella contienda singular, donde el destino de al menos cuatrocientas mil personas se estaba jugando. Nunca una mesa debía resistir tanto peso, nunca dos hombres dirigían ejércitos tan numerosos. Era un ejército invisible de hombres, mujeres, ancianos, niños; eran todas las casas, todos los templos, todos los castillos; eran todos los caballos, las cabras, las vacas, los camellos, los elefantes y los pájaros; allí estaban sus ríos, sus valles, sus montañas, sus pozos y sus minas.

El rey blanco entonces puso sus manos visibles sobre el tablero, contempló con ojos fieros la cuadricula, que ya muchas veces en sueños había dibujado y desdibujado; esa mañana en que estaba sentado frente a su contendiente parecía ser un sueño reiterado que no era más real que lo que había soñado los cien días antes de la partida de ajedrez, los doscientos días antes del duelo pactado. La única diferencia era que ahora él sentía el frío del mármol y la textura alisada del ébano, y en su sueño creía sentir el frío del mármol y recordaba la lisura del ébano.

El rey blanco contemplaba el tablero como quién ve un abismo, sus ojos caían al vació en los escaques negros, su miraba rebotaba al cielo desde los escaques blancos. Su contrincante estaba en actitud idéntica. El rey negro también miraba en sus peones a los doscientos mil habitantes de su reino, miraba en las torres sus palacios desafiantes, veía en el caballo sus establos que era el orgullo de su estirpe, veía en los alfiles a sus sabios maestros (como aquél Aristóteles que educara a Al-Iskánder) o aquellos elefantes que adoraban su palacio, y entonces su mirada temblaba de espanto ante su reina, aquella mujer de piel aceituna y labios carnosos cuya única petición había sido que nunca perdiera una batalla.

En idéntica situación el rey blanco y el rey negro empezaron a pensar sobre cada una de las jugadas, veían deslizarse las piezas, y no era con el movimiento sutil de un deporte, sino con la embestida salvaje de la batalla; si en su mente tocaban un peón podían ver a sus lanceros corriendo furiosos contra las huestes enemigas; si imaginaban que tocaban un caballo veían a sus caballos árabes relinchar y bufar rabiosos en sus establos. A esas imágenes la sucedían la de sus alminares derribados, la de sus reinas envilecidas, la de sus tropas y su pueblos esclavizados, la de sus caballos sacrificados, la de sus obispos empalados o lapidados, la de ellos mismos decapitados como una serpiente.

La inmovilidad del rey blanco escondía todo el movimiento del mundo, y aunque aquellos que observaban la partida miraban a ese rey en contemplación extática del tablero; nadie comprendía que pasaba, nadie excepto su contendiente.

Los del reino del rey negro empezaban a murmurar, a silbar y abuchear al rey blanco; los del reino del rey blanco empezaban a animar a su rey y a devolver insultos a los del reino enemigo. Ambos reyes permanecían imperturbables.

Los minutos se convirtieron en horas, y las horas dieron paso a la noche, la noche se llenó de estrellas que huyeron cuando sintieron el regreso del sol, que avanzó suavemente sobre el cielo, cielo blanco que se trocaba en negro, como el movimiento del caballo que siempre debía cambiar de color al atacar.

Poco a poco la confusión y la frustración llenaron a los espectadores que no entendían porque ese rey si bien es cierto permanecía frente al tablero, salvo para asearse, orar, y comer (que dicho sea de paso ambos reyes solo se alimentarían con frutos secos, miel y agua), no había tocado aún una pieza del juego.

Cuando había pasado una semana, el furor inicial se había convertido en tedio. Los embajadores enviaron mensajes describiendo el encuentro, que era más bien decepcionante. Los ministros de ambos reinos hicieron que todos los ciudadanos volvieron a sus oficios. Solo quedaron alrededor de los reyes sus consejeros, alrededor de sus consejeros sus guardias reales, alrededor de la guardia real el espacio abierto rodeado de frondosos árboles.

Cuando pasó un mes en idéntica situación, las potencias occidentales entendieron que esa inacción era signo de debilidad, y no así de una profunda preocupación por el destino de sus pueblos. Urdieron un plan para conquistar ambos reinos, sobornando a ministros y comerciantes, instigando revueltas bajo la consigna de que mientras el pueblo se muere de hambre y de cansancio sus reyes juegan un juego que no se atreven a iniciar.
En menos de seis meses ambos reinos estaban sumamente contaminados, las clases más bajas inconformes hacían revueltas que las clases dominantes sobornadas sofocaban violentamente. La crisis de los reinos llegó a su apogeo al año de haberse iniciado la partida.

Entonces las clases dominantes completamente confabuladas con oscuros personajes occidentales intentaron reprimir violentamente al pueblo que clamaba un poco de clemencia ante las leyes prohibitivas y los altos impuestos. Así pues se enviaron tropas para que pasaran a cuchillo a todos aquellos que se oponían a las medidas dispuestas por los ministros. De repente hombres rojos y dorados, uniformes con botones metálicos y armas de fuego defendieron a los desposeídos, y tomaron bajo su cuidado aquellos dos reinos.

Los dos reyes permanecían frente al tablero de ajedrez cuyas piezas permanecían inmóviles. Los consejeros fueron ahorcados por orden de los nuevos protectores, las guardias reales encerrados y en su lugar se mandó a edificar una muralla alrededor de los dos reyes, doce esclavos para cada uno los atenderían en su encierro; sus reinas y sus príncipes permanecerían dentro de dichos muros. Fuera de estos todo quedaba bajo la sombra de la Union Jack. El juego dicen que nunca terminó, porque incluso cuando uno de los reyes murió de viejo, fue sustituido por su heredero, quien asumió una postura idéntica, y así se fueron sucediendo en una estirpe de jugadores que eran soberanos de un reino contenido en sesenta y cuatro escaques.


Epílogo. (Prescindible)

El virrey que había sido asignado para esos reinos, gustaba mucho de leer y conocer la cultura de esos países tan exóticos, según su manera británica de ver el mundo. Un día, muchos años después de la batalla de ajedrez jugada por dos reyes, él leyó sobre esa historia –que desconocía- en unos pergaminos de una escuela de escribanos.

Indagó por varios archivos y fue armando un enorme dossier sobre la batalla de ajedrez. Al final se entrevistó con algunos testigos del hecho quienes daban versiones más bien discordantes que aclaratorias. Un poeta, que para las fechas de la partida de ajedrez era no mayor de los treinta años, fue el único que le explicó que aquello que ellos (los occidentales) habían interpretado como locura o cobardía, no era sino una de las batallas más grandes que había existido. “Imaginad esto –dijo el anciano poeta al virrey británico- eran dos hombres que habían soñado todas las jugadas posibles del ajedrez; era dos hombres que imaginaron el destino de sus pueblos cien o doscientos años en el futuro; eran dos hombres que vieron todas los caminos posibles, todos los fracasos, todas las victorias, todas las caras de sus súbditos, toda hoja de hierba, toda piedra, toda gota de agua de aquello que estaba bajo su poder”.

El virrey se quedó pensando en esas palabras, en esos dos reyes, en ese juego donde se disputaban terribles destinos. Como resolución mandó a prohibir el juego en sus dominios, él mismo –que antes lo había jugado con pasión- nunca jamás tocó un tablero de ajedrez, por el temor de sufrir el mismo destino que esos reyes, por el temor de quedar prisionero entre lo blanco y lo negro.


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avatarNatrium bandera - Fecha: 06/08/2013, 10:58 hsme gusta (642)   no me gusta (709)

Muy bueno!Hay cosas que no llegué a entender del todo pero lo que entendí me gustó mucho. Hay un par de frases geniales! saludos!


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  • Hrodwulf  bandera
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