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Jueves 18 de Agosto de 2022

Los ojos de su padre

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Categoría: Cuentos | Fecha: 23/02/2013
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Lo inusual de ese domingo era la poca gente que había acudido al centro comercial. Ellos habían llegado media hora antes, habían visto tiendas de ropa, habían visto tiendas de discos y caminaban perezosos por el calor del verano, perezosos por la ausencia de otros visitantes que los incitaran a moverse más rápido hacia ninguna parte. Durante el trascurso de la mañana no había tocado temas laborales, ella sabía que él estaba orgulloso por su nuevo puesto, que exigía más tiempo y esfuerzo pero cuya recompensa era de lo mejor, tanto así que ya había pensado en ahorrar para comprar una casa donde poder vivir cuando al fin pudieran casarse. Ella se detuvo un momento a ver unos vestidos nuevos en una tienda, él se quedó afuera, revisando su teléfono más por costumbre que por necesidad. Ella entonces lo llamó y le preguntó qué opinaba de ese color, de ese modelo, él contestó que se miraba hermoso. Ella iba a devolverlo a su lugar, cuando él la detuvo y le dijo que si lo quería se lo compraría con gusto; ella como era su costumbre rechazó la oferta, él insistió (tal era su costumbre también) y así estuvieron ella cada vez con menos ímpetu y él con menos esfuerzo hasta acercarse a la caja registradora donde la tarjeta de crédito se deslizo suavemente por la ranura. Ella le dio un beso y salieron de la tienda. Se fueron a tomar un café, el verano se filtraba por todas partes en ese centro comercial, entraba como una vaporosa mancha que impregnaba los cuerpos de sudor, ella era hermosa, más hermosa que cuando se habían conocido seis años atrás en el universidad; se iban a casar, ya lo había hablado entre ellos, ya se lo habían dicho a sus familias, ya sus amigos lo daban por sentado, y ellos mismos sólo esperaban el momento indicado para hacerlo. No tenían prisa, ella tenía también una meteórica carrera en una oficina del estado.

De pronto, luego del café sintieron la urgencia de seguir viendo tiendas, teléfonos, zapatos, ropa, carteras, joyas, libros, comida, se fueron sucediendo uno tras otros, él se sintió tentado de comprar una cazadora de cuero pero luego sintió el vapor caliente proveniente de una de las entradas del centro comercial y desistió de inmediato. Esperaron una hora más antes de ir a almorzar. Justo cuando estaban llegando al restaurante favorito de ambos dentro de ese centro comercial ella le preguntó por su próximo viaje de negocios, que si necesariamente debía ser el fin de semana, que si era preciso que viajara el viernes por la noche, él le explicó con cierto aire de fastidio que era para no afectar la productividad de la empresa, que si él viajara durante la semana podría bajar el rendimiento, que él se había ofrecido voluntariamente porque así lo tomarían en cuenta más fácilmente en sucesivos ascensos. Ella resopló cansada de la misma respuesta. De repente él se detuvo en frío, frente a ambos una mujer llevaba en un cochecito a un niño de no más de un año de edad. Se sonrieron de la forma vergonzosa en que dos conocidos se encuentran en un lugar donde no esperaban encontrarse en una hora poco probable.

—¿Se conocen? –preguntó Diana abrumada ante la reacción de ambos-.

Ninguno de los dos, ni su prometido, ni la mujer del niño se atrevieron a contestar de otra forma que no fuera con borborigmos y balbuceos absurdos. Entonces Diana volvió a preguntar y a Mario no le quedó de otra que responder.

—Sí, sí, nos conocemos –contestó torpemente-, Diana te presento a Michelle, Michelle ella es Diana mi prometida –señalaba respectivamente a cada una-.

Las manos de las dos jóvenes se estrecharon en ese gesto convencional denominado por la sociedad como un saludo civil y sin sentimientos.

—¿Y de donde se conocen ustedes dos? –preguntó Diana sonriente mientras se echaba para atrás la breve trenza en que había peinado su melena castaña-.

—Nos conocemos del trabajo –dijo Michelle-. Yo trabajaba en la empresa hace dos años. Desde entonces no nos veíamos por eso está reacción tan tonta –la sonrisa de Michelle contagió a Diana, pero no pudo hacer que Mario sonriera, estaba ensimismado, había caído de repente en un abismo donde de manera fantasmagórica se mezclaba la cara de Diana y la de Michelle en un solo ser y un solo cuerpo. De pronto su corazón reaccionó de la misma manera cómo reaccionaba varios años atrás, acelerado y furioso, en una mezcla entre éxtasis y suplicio. La vista borrosa pasó del rostro desfigurado de Diana al rostro opaco de Michelle, la sonrisa de ambas apenas era perceptible y todo eso duró apenas dos segundos o quizá mucho menos que eso. Luego Mario recobró el aplomo y sonrió también. Sentía que sudaba demasiado pero no era el calor, de hecho comenzó a sentir un poco de frío y empezaba a sentirse arrepentido de no haber comprado la cazadora de cuero que había visto en aquella tienda.

Diana se había inclinado para ver al bebé que estaba en el carrito, era un niño rosado, hermoso, con mucho pelo y dos ojos que parecían botones negros, un hilo de baba resbalaba por su boca y sostenía fuertemente un sonajero de colores que parecía poseer propiedades hipnóticas.

—Es un niño hermoso –exclamó Diana-. ¿Cuántos años tiene?

—Diez meses apenas –respondió Michelle-.

—Oh es hermoso –dijo Diana-. Se parece mucho a usted.

—Así dicen –contestó Michelle con una sonrisa-.

Mario permaneció en silencio, fingía una vez más revisar el teléfono, el calor del verano parecía forzar al tiempo ir más despacio. De pronto Diana puso sus ojos en el niño y luego en los ojos de Michelle se quedó pensativa un rato.

—Sólo su mirada no se parece a la suya –observó inocentemente-.

—Sí, creo que tiene los ojos de su padre –replicó Michelle-.

Mario palideció al oír esas palabras, Diana no lo notó ocupada en hacerle muecas al niño para que sonriera. Michelle miraba a Diana reclinada jugando con su hijo. Entonces Mario posó su mirada en los ojos de Michelle que brillaban de cierta manera, ni buena ni mala, solamente poseían un brillo que no era normal. Se separaron con una normalidad prosaica, Mario y Diana entraron a almorzar y Michelle se fue con el carrito y el bebé. Mario incluso se quedó un momento frente a la puerta de entrada del restorán esperando a que Michelle saliera de su rango visual.

Durante el almuerzo hablaron de muchas cosas, de los viajes de negocio, del próximo congreso en el que estaba trabajando Diana, hablaron de las películas que llegarían al cine, de las que habían visto ya, de las que no verían jamás, comentaron un par de noticias amarillistas sobre artistas, tomaron un par de cocteles, salieron del restorán, dieron un par de vueltas más por el centro comercial, compraron algunas revistas, luego fueron a tomar a un postre a otro lugar un poco más fresco, al anochecer Mario fue a dejar a Diana a su casa, como siempre entró a saludar a sus suegros y su cuñado, platicaron un rato más en el garaje tomando coca colas muy frías porque pese a que el sol casi desaparecía el calor seguía sofocando. Mario se fue a las ocho, luego de cenar. Durmió pensando en Diana y en Michelle frente a frente; a la mañana siguiente se despertó como siempre para ir al trabajo, lo único que cambió fue que mientras se afeitaba se quedó viendo a los ojos, deseando talvez tener otros, deseando talvez nunca haber hecho ciertas cosas.




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avatarVertebrado bandera - Fecha: 03/03/2013, 13:29 hsme gusta (642)   no me gusta (709)

No es de extrañar la calidad de tu escrito, A veces da impotencia enterarse de que lo hermoso y perfecto también puede traer algo turbio y nauseabundo oculto, pero es así...


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