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por: autor palabra
Domingo 25 de Octubre de 2020

Enseñéme a dibujar mi nombre

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 14/08/2020
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La noticia de su muerte descendió por el piedemonte como un vendaval de inmundicias, rebotó en las rocas, rasuró la hierba y erizó las aguas del río; se internó por las cerraduras de las puertas, levantó las hojas, sacudió la ropa en los tendederos y se elevó con la polvareda que sofocaba las cosas, después se disipó en una estampida que conmociono a las palomas y a los árboles del parque, justo cuando alguien golpeando con fuerza la puerta gritó.
– ¡Doña Elvia, mataron al Patón! – y ella en estado de desconcierto salió a la calle y corrió sin saber a dónde.

Lo recordó con esa sonrisa extraordinaria, que le hizo pensar que era la única persona con cara de importante que no llevaba zapatos, él tenía la mirada colorida de un niño ilusionado, las enormes manos de piedra de los mecánicos y una apacible e inocente actitud de borracho triste, que le hicieron merecedor de un oportuno resguardo.

– Era amable y tenía una forma de decir, que generaba confianza – me expresó.

Acto seguido, Elvia le abrió un espacio más a su corazón, sumó un puesto a su comedor y le heredó un lugar para que viviera cuanto quisiera bajo el techo de su hogar. Le hizo construir un cuarto inmenso y resplandeciente de color blanco, con dos enormes ventanales de madera rustica para que pudiera observar los animales del patio, y que la luz radiante y la brisa fresca de las mañanas de marzo, violentaran los rincones y mermaran la pereza; a la vez, una puerta formidable con aldaba y una imagen de un Jesús regocijado que avivaba la llama de las veladoras.
También disfrutó de un balcón lleno de tiestos con flores, donde se aletargaba observando la distancia en los días de fuertes y eternos inviernos, finalmente, una larga silla de madera que se extendía infinita bajo los alerones del tejado, para que Luis María bebiera el café a cualquier hora junto a las jaulas de las mirlas y el parapeto de los loros bochinchosos.

– Nunca pensé que mereciera un lugar tan bonito, para yo vivir. –

Lo manifestaba orgulloso y agradecido frente a cualquier foráneo, no obstante, Elvia con su mesura cotidiana prefería cambiar de tema.

Una mañana triste, gris y asfixiada por los aguaceros, Luis María emergió de la penumbra y camino torpemente por todo el laberinto de sus angustias, tropezando con las poltronas escuálidas, espantando los perros holgazanes y trascendiendo por la morada el tufillo del tabaco crudo y repugnante.
Ya frente a Elvia en la sala florida de la casona, le confesó atolondradamente que deseaba tener un terruño, casarse con una buena mujer, disfrutar de unos hijos, montar diestramente un caballo y envejecer lentamente, pero que necesitaba algo urgente para emprender el cambio que requería su vida.

Ella curiosa le preguntó por la necesidad aparente, y éste le respondió cabizbajo y con la humildad adherida a todo su ser.

– ¡Enséñeme a dibujar mi nombre! –

Alucinada ante la irreflexiva respuesta y la ingenuidad de esos ojos, vislumbró la poética metáfora y soltó una estruendosa carcajada de perdigones perdidos, que lograron espantar las gallinas de la cocina exclamando al mismo tiempo.

– ¡Usted lo que quiere es ser alcalde, por eso quiere aprender a firmar! –

Entonces la espabiló la multitud airosa y exasperada del trágico presente, arrancándola de la añoranza; se sintió embrollada en la maleza de las rabias, caminó decidida abriéndose paso a empellones, y una lagrima del alma se desgrano por su rostro, cuando vio los deplorables despojos de la muerte del primer alcalde por elección popular del municipio de Aguazul Casanare, asesinado por la lujuria de las élites.

“Dedicado a la memoria de Luis María Jiménez, recordando el horizonte que dejaron sus huellas”.

Néstor Niño
Medellín Colombia.


Ñ


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